—¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.

Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una caja.

—¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?—preguntó de nuevo Garro.

—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada—. Sí, aquí vive. Es el administrador.

Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.

—Pues sí es el administrador—dijo el que trabajaba—; hace un momento estaba en el patio.

Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la galería del piso primero.

—¡Eh, Ortiz!—le gritó.

—¿Qué hay? ¿Quién me llama?

—Soy yo, Garro.