—¿No hay más que decir?

—Nada.

—Pues adiós, y buena mano derecha.

—Adiós.

El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz.

—Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo sabes—le dijo el cabo á Manuel.

El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una cicatriz profunda en la mejilla.

Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.

—¿No me va usted á dejar salir?—preguntó Manuel.

—No.