El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los últimos rayos del sol poniente.
—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.
—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó la Fea—. Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste.
Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
—¿Y Jesús, en el hospital?
—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.
No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar el alta.
En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina.
—¿Te quedarás á cenar con nosotras?—le preguntó la Fea á Manuel.
—No, no puedo; no me dejan.