—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que cuando le avise á este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre.

—Sí, pues se lo aseguramos á usted—dijo la Fea.

—Bueno, entonces me voy—. Mañana á las nueve en punto en mi casa. ¿Estamos?

—Sí, señor.

—Con exactitud militar.

—Con exactitud militar.

Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.

La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su tía, como le llamaba á la Fea.

Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos suyos, el Aristas y el Aristón.

El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho capataz de periódicos.