Corría medio Madrid llevando el papel de un puesto á otro, y le había substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de memoria todo el Don Juan Tenorio, El puñal del godo y otros dramas románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba, peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera de San Francisco.
CAPÍTULO VIII
La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.
Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
—Así me gusta—le dijo el cabo—con puntualidad militar.
Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á Manuel y salieron los dos.
—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia á Manuel—, y tú mira bien si está el Bizco.