Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en los perros de caza.
Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el Orden público.
—He hecho más servicios que nadie—dijo—; pero no me ascienden porque no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como yo, sino su trabuco. Era un guerrero.
Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al policía.
—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos monedas para pagar.
—Está pago—replicó el tabernero.
—Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.