—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque por aquí no es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se piensa...

Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:

—Eh, Tripulante, haz el favor.

Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.

—¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?

—Sí, creo que sí.

—¿Anda por estos barrios?

—No, por aquí no.

—¿De veras?

—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.