—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió Ortiz agarrando del brazo al muchacho—: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer.

El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:

—¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara!

—Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce.

—Descuide usted, señor Ortiz—replicó el muchacho—; se filará.

Salieron el guardia y Manuel del café.

—Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás que el Tripulante tenga razón.

Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada, brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca con el sereno.

Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.

—Preguntaremos, si ustedes quieren.