Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.

Salieron del patio y recorrieron una callejuela.

—Aquí hay una familia que no conozco—dijo el sereno, y llamó en la puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.

—¿Quién es?—dijo de adentro una voz de mujer.

—La autoridad—contestó Ortiz.

Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno metió el chuzo por debajo de la cama.

—Ya ven ustedes, aquí no está.

Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.

—Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo—dijo Manuel.

—Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que hala!—repuso Ortiz—Vamos allá.