Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.

Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el Bizco.

—Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?

—En la taberna de la Blasa.

—Bueno. Allí iré á las tres.

Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca.

—Veremos al administrador—dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.

—¿Quién es?—gritó.

Ortiz se dió á conocer.

—Aquí no está ese—contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.