—No, no lo espero.

—Entonces, ¿á qué vienes aquí?

—Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en libertad, con la condición de que ayudara á coger al que mató á Vidal, y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y ya no quiero hacer de polizonte.

—Pues mira, de todo eso, á mí... Prim.

—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.

—Bueno; allá aprenderás á no moveria la sin hueso.

—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la gente...

—Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.

—No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.

—Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!