—Eso lo veremos.
Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron.
En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría:
—¿Qué pasa?—preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente—. Marchaos vosotros—añadió dirigiéndose á los demás.
Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.
El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava:
—¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
—Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
—Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera—añadió dirigiéndose á Manuel—que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.
Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta. Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda.