—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
—¿Y cómo ha sido eso?
Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo rápidamente, se calló.
—Puedes seguir—murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:
—¿Qué te parece eso?
—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
—El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.
Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.