A Lacour le parecía ridículo denigrar al enemigo, cuando el enemigo le pegaba a uno. Hasta entonces, el ejército liberal, salvo excepciones de tropas escogidas, parecía superior al carlista, y precisamente, cuando el entusiasmo decrecía entre los carlistas, empezaban a organizarse con regularidad algunos servicios en las tropas de don Carlos.
Papá Lacour, además de su manía musical, tenía la de la estrategia. Cuando no cantaba, hablaba de estrategia. Sus ideas, en arte militar, se condensaban en estas frases:
—Nadie ha inventado nada en la guerra. En la guerra, todo es posible y todo es imposible.
A pesar de que con la mayoría de los oficiales españoles carlistas papá Lacour no se entendía bien, distinguía por su amistad a algunos.
Uno de ellos era un riojano, subteniente, pequeño, vivo, hombre bastante bruto, alegre, aficionado a jugar, a quien llamaban de mote, por sus ojos brillantes y negros, el Ratón. El Ratón llevaba una pelliza de algún oficial extranjero, de pelos largos, aunque calva en muchas partes. Le bromeaban preguntándole si era aquella su propia piel.
Para el Ratón, los asuntos de la guerra eran perfectamente aburridos y no le interesaban.
—Hay que comer, hay que vivir, y esto lo explica todo. Los liberales, ¡pse! —añadía—, a mí no me han hecho ningún daño.
Y a poco de decir esto, sacaba del bolsillo los naipes e invitaba a echar una partida a cualquier juego, pues todos los dominaba. A pesar de su habilidad, a lo último perdía. Siempre andaba derrotado y tenía la paga empeñada.
El Ratón vivía con una muchacha inglesa, rubia, muy guapa, aunque muy sosa: Betty. Betty había venido a España con su marido, según ella; otros decían con un amante, oficial de la Legión inglesa mandada por Lacy-Evans. En la batalla de Oriamendi, su amante, o marido, murió a manos de los carlistas. Entonces los de la Legión le obligaron a Betty a tomar otro amante, cirujano del ejército. El cirujano, un metodista riguroso, aburría y fastidiaba tan profundamente a Betty, que la inglesa se alegró de caer prisionera en manos de los carlistas.
Al mismo tiempo que ella quedaron prisioneros unos cuantos músicos, algunos soldados y tres mujeres. A unos los incorporaron a las filas carlistas, a otros los fusilaron, a los músicos los llevaron a formar parte de una banda y a las mujeres las subastaron entre los oficiales.