El Ratón tenía dinero y le gustaba la inglesa, y se quedó con ella. Los dos hicieron, con el tiempo, muy buenas migas.

—¡Qué bruto eres y qué feo! —decía la inglesa, mirando al Ratón con entusiasmo.

—Pero te gusto a ti, ¡recontra! —gritaba él.

—Es verdad; parece mentira —suspiraba ella.

Vivían en tan buena armonía, que cuando acabara la guerra habían pensado en casarse y establecerse en el campo, porque el Ratón poseía haciendas en Labastida y en San Vicente de la Sonsierra.

Con sus ojos azules, su cabello rubio y su aire distinguido, a Alvarito le pareció la inglesa completamente estúpida.

Otra pareja curiosa era la de un militar austriaco, alto, pálido, muy fino en sus modales, y una guipuzcoana blanca, rubia, alborotada, muy chillona, que había vivido la vida aventurera de la guerra, hoy con uno y mañana con otro. La Prudencia, o Prudenschi, era una mujer nacida para reír; nada tomaba en serio, no le importaba ni le preocupaba nada.

La Prudenschi ceceaba al hablar; pronunciaba algunas palabras con cierta dificultad y reía siempre. De ella se podía decir que su gracia consistía en no tenerla. Así como su amante se mostraba siempre muy atildado y ceremonioso, ella era todo lo contrario.

—Yo soy muy zarpalla —exclamaba en su dialecto donostiarra, con lo que quería decir su afición a lo vulgar, a lo ordinario y a lo chabacano.

Su gracia favorita, muy oída y ramplona, era decir, refiriéndose a su amante: