Al cantar, danzaba moviendo el pecho y las caderas y riendo. A veces, a papá Lacour se le ocurría hacer la pareja con la Prudenschi, bailando el fandango, castañeteando los dedos, y lo hacía con cierta gracia francesa.

—¡Qué viejo loco! —decía Ollarra con algo de risa y admiración.

El amante de la Prudenschi, el austriaco, la contemplaba con el mayor asombro. Ella se crecía y se manifestaba más petulante y más estrepitosa. Entonces el Ratón lanzaba alguna de sus reflexiones de riojano chiquito y duro o sentenciaba algún refrán, como este, por ejemplo:

—La mujer y la gaviota, cuanto más vieja más loca.

—Cállate tú —gritaba ella—, que eres más bruto que un cerrojo.

—Si vivirías conmigo, ya verías tú cómo yo te domaba —decía el Ratón.

—¿Tú domarme a mí? ¡Ah, ja, ja, ja! A los ratones yo les trato con la zapatilla.

Y la Prudenschi cantaba algo o marcaba una figura coreográfica.

La Prudenschi bailaba también un baile andaluz, especie de tango, que producía gran entusiasmo en los oficiales de la casa de papá Lacour. Su falta de gracia hacía a la guipuzcoana más incitante. Su cuerpo, sin picardía natural, daba a su desvergüenza y a su cinismo aire de juego sin profundidad. Con gran frecuencia, algún oficial, si podía, la daba algún tiento.

—Tú, ¡bruto!, ¡animal!, ¡tócate las narices! —gritaba ella.