La Prudenschi, a pesar de sus locuras, era mujer de buen corazón.

Su amante tenía un amigo, otro oficial austriaco, a quien le cortaron una pierna y se le gangrenaba el muñón. La Prudenschi le cuidaba y le mimaba y hasta bailaba en el cuarto del enfermo para entretenerle.

Manón, Alvarito y Ollarra fueron a visitar al amputado; se encontraba muy débil, con la cara como espiritualizada por el dolor. El pobre hombre tenía un silbato para llamar cuando necesitaba algo; pero era tan sufrido, que no llamaba más que cuando no podía menos.

—¿Qué tal, cómo estás hoy? —le preguntó la Prudenschi.

—Bien, estoy muy bien. La pierna cortada me duele un poco.

Alvarito y Manón hablaron largo rato con el austriaco para distraerle.

Al salir de la casa, Ollarra dijo:

—Este me recuerda al sepulturero de Vera.

—¿Pues por qué?

—El sepulturero de Vera era un viejo en cuya casa estuve yo de criado, ayudándole a enterrar y a limpiar las tumbas. Estaba muy enfermo y no tenía fuerza para andar; pero él decía que se encontraba muy bien. «¿Qué tal?», le preguntaban. «Muy bien, muy bonitamente, Ederqui», contestaba él. El último día estaba el hombre sobre una tumba fumando su pipa. «¿Qué tal?», le preguntó el médico. «Muy bien, muy bien», dijo, y no se había alejado el médico veinte pasos cuando el enterrador se había muerto.