La Prudenschi, al oír a Ollarra y al verlo con su perro, sintió gran admiración por él, y hasta parece que le dijo que se quedara allí; pero él rechazó la idea desdeñosamente. Manón presenció la tentativa de conquista de la guipuzcoana y se alegró mucho de la actitud de Ollarra.
Manón se mostraba en casa de papá Lacour petulante, atrevida y llena de animación. El traje de chico la transformaba. La Dominica le arregló un dolmán de húsar, con el cual estaba encantadora. Era un verdadero diablillo. Hablaba con gran atrevimiento, se burlaba de los curas y de las monjas, elogiaba a los republicanos, cantaba la Marsellesa y bailaba con la Prudenschi.
—Manón, mi querida —decía papá Lacour, con ironía afectuosa, manifestándose desolado, aunque rebosando de satisfacción por tener una sobrina tan brillante—, vas a hacer que nos fusilen a todos por jacobinos.
Manón coqueteaba con unos y con otros. Aunque ya los amigos de papá Lacour sabían que era una muchacha, seguía vestida de chico.
A veces, en medio de sus coqueterías, pensaba en Alvarito y volvía a él a hablarle y a consultarle sobre cualquier cosa.
Manón veía a Álvaro demasiado seguro y debía pensar que con él no necesitaba emplear, más que rara vez, las armas de la coquetería; en cambio, para los demás la coquetería sí debía ser, según ella, indispensable. Mientras bailaba con unos y con otros, miraba con el rabillo del ojo a Alvarito, como diciéndole: Nada de esto tiene importancia y nuestra amistad es lo principal.
Alvarito se ilusionaba y se desilusionaba fácilmente; muchas veces pensaba que odiaba a Manón y otras que la quería más que nunca y que sería capaz por ella de hacer cualquier sacrificio.
Manón, con respecto a Alvarito, tenía sentimientos menos variables; por lo mismo quizá que su entusiasmo era más pequeño.
Solamente la presencia de Ollarra le quitaba el buen humor a Manón. El salvajismo de su compañero de viaje le maravillaba. Aquella despreocupación del muchacho por los demás le llenaba de asombro. Para Ollarra, indudablemente, no había centinelas, ni líneas estratégicas, ni santo y seña. Todo ello no pasaba de ser una broma que se continuaba por que sí. Eran maniobras, simulacros, sandeces hechas por pura pedantería.
Mientras sonaban los tiros, él buscaba nidos en los árboles, pescaba en los arroyos o cogía leña, como si los disparos nada tuviesen que ver con él...