Aquella Prudenschi, tan loca, tan ingenua y, al mismo tiempo, tan desvergonzada; papá Lacour, con sus extravagancias; Manón, coqueteando con todo el mundo; el austriaco, quejándose de los dolores en la pierna ya cortada, y Ollarra, tan salvaje, tan independiente y tan sombrío, daban a Alvarito la impresión de que seguía viviendo en pleno carnaval grotesco y zarrapastroso, cuyas figuras eran dignas de ocupar un lugar dentro de La Nave de los Locos.

VI

BELASCOÁIN

Las gestiones hechas por papá Lacour y por el posadero de Estella para averiguar el paradero de Martín Trampa, no dieron resultado. Se dijo que el tratante había estado en Belascoáin y que quizá después marchara a Almandoz, su pueblo natal.

Alvarito y Manón decidieron ir a Pamplona, pasando por Belascoáin.

El día de la marcha, papá Lacour les obsequió con una cena espléndida en su casa y a la mañana siguiente el capitán francés y su mujer besaron a Manón y estrecharon efusivamente la mano a Alvarito.

Lacour indicó a Álvaro que si iban a Belascoáin preguntara por el capitán Zalla, que era amigo suyo. La mujer de Lacour recomendó a Manón que llevara por si acaso un paquete con ropa femenina y le dio una falda y un corpiño. Ella, por lo que dijo, se había visto obligada a pasar entre tropas disfrazada de hombre y en momentos de peligro le convino el poder cambiar rápidamente de indumentaria. Alvarito pensó que estos disfraces los usaría la Dominica en época en la cual no tuviese la corpulencia de entonces.

Salieron de Abárzuza con buen tiempo, pero al mediodía se nubló y empezó a llover. Iban atravesando el valle de Guesalaz. En el camino, al comenzar la tarde, se perdieron, y como llovía mucho se refugiaron en una casa abandonada y medio derruida y esperaron a que pasara el chubasco.

Al ponerse de nuevo en marcha, un escuadrón de caballería cristina cruzó al galope por delante de ellos. Los caballos de Álvaro, Manón y Ollarra, asustados, echaron a correr en distinta dirección por el campo y fue imposible darles alcance. Ollarra quería no parar hasta cogerlos, pero anochecía y pensaron dejarlos abandonados.

Iban desorientados, mojados por la lluvia, cuando toparon con un campesino que alumbraba con un farol el sendero entre las matas y las piedras.