—¿Vamos bien a Belascoáin? —le preguntó Alvarito.

—Sí; yo también voy allá.

El campesino les preguntó a qué iban y se lo dijeron; luego añadió por su cuenta:

—Yo tengo un chico enfermo y voy a ver si encuentro algún médico, aunque sea médico militar, para que lo vea; en nuestra aldea no hay más que un cirujano y ese está ahora fuera del pueblo. Me han dicho que andan por aquí los liberales y los carlistas a tiros estos días; pero aunque anduvieran demonios, no dejaría a mi chico sin que le viera el médico.

Los tres compañeros de viaje siguieron al campesino del farol, hasta que, al llegar a unos matorrales, vieron avanzar dos sombras.

—¡Alto!

—Estamos quietos —contestó el campesino.

A la luz del farol aparecieron dos carlistas, uno de ellos con el fusil en actitud de apuntar.

Explicó el campesino el objeto de su viaje; dijo Alvarito el suyo, y después de enseñar los documentos y de mostrar que no llevaban armas, los dejaron pasar.

Llegaron a Belascoáin y fueron recibidos por una patrulla, que les contempló con asombro. Preguntaron por la posada y entraron en ella. La posadera, una mujer joven, les recibió estupefacta y al mismo tiempo malhumorada.