—¡A buen tiempo llegan ustedes! —les dijo—. ¿Para qué vienen ustedes aquí?
Manón explicó cómo venían desde Abárzuza mojados y cómo se les habían escapado los caballos. La posadera, poco a poco, se humanizó y llegó a sonreír a Manón y a Alvarito. Se sentaron los tres al lado de la lumbre, cenaron y se fueron a acostar.
A la mañana siguiente, Alvarito pudo notar que su catarro había empeorado con la mojadura del día anterior. Salió a recorrer el pueblo y lo recorrió pronto; apenas contaba con cincuenta casas.
El pueblecillo, con su iglesia de torre baja y cuadrada, se levantaba sobre una pequeña altura a la izquierda del río Arga, cruzado por el puente construido a principios del siglo. En la orilla había una casa de baños; al lado de la iglesia, en la carretera, un atrio cubierto, donde la gente se reunía y paseaba los días de lluvia.
Alvarito vio con sorpresa que los carlistas le miraban con asombro. Preguntó por el capitán Zalla, amigo de Lacour, y tuvo la suerte de dar con él.
—¿A qué ha venido usted aquí? —le preguntó el capitán.
—Pues hemos venido a ver si encontramos a un tal Bertache, tratante de ganado.
Alvarito contó al capitán el secuestro de Chipiteguy y las gestiones que habían hecho para socorrerlo.
—Ese Bertache ya no está en el pueblo —dijo Zalla—. ¿Quiénes han venido ustedes?
—Un muchacho criado, un niño y yo.