—Bueno; pues preséntese usted de mi parte al comandante. Se paseará ahora en el atrio de la iglesia. Le dice usted cómo está de salud y envía usted a su criado por si hay algo que hacer.

Alvarito contó a Manón y Ollarra lo que ocurría, aunque ellos, por su parte, se habían enterado ya del asedio del pueblo.

Ollarra dijo que él había de encontrar manera de recuperar los caballos para escaparse. Sin duda estaba cavilando en ello; pero al día siguiente se vio que no solo no consiguió su objeto, sino que fue arrestado.

Alvarito contó a la posadera cómo Manón era una muchacha francesa, venida de su país para buscar a su abuelo, secuestrado por criminales. Decidieron que Manón se vistiera de mujer. La posadera diría en todas partes que era su sobrina.

Ya tranquilo respecto a esto, Alvarito fue a encontrar al comandante carlista de quien le había hablado el capitán Zalla. Se explicó, intimó algo con él y le acompañó hasta las trincheras. Recorrió a su lado, y con varios oficiales a caballo, la línea de fortificaciones del pueblo, el camino de Puente la Reina, el de Arraiza y las demás entradas. Todas se hallaban bien defendidas, como la casa de baños, la iglesia y el puente sobre el Arga.

Alvarito oyó silbar las balas con relativa serenidad y el comandante carlista le felicitó, dándole palmadas en el hombro.

Al volver a la posada supo el arresto de Ollarra por su carácter díscolo y por negarse a trabajar.

El capitán Zalla dio a Alvarito unos cuantos papeles para copiar en vista de su enfermedad y de que no podía tener otras ocupaciones más penosas.

Alvarito fue al siguiente día a ver al comandante y a presenciar por curiosidad los trabajos de fortificación en diversos puntos. En la iglesia, los carlistas trabajaban de noche para no ofrecer blanco a los cristinos, ya a tiro de fusil. Iban concluyendo un parapeto de piedra en la torre, una muralla en el atrio y las aspilleras en la casa del puente.

Carlistas y cristinos se hablaban y se insultaban desde lejos.