Según dijeron a Álvaro, hacía ya cerca de una semana que las tropas cristinas se iban reuniendo al otro lado del río. Habían transportado desde Pamplona la batería de arrastre de la Legión Británica y la de montaña de obuses españoles.
Al hacerse de día, los cañones cristinos comenzaban el fuego y les contestaban los carlistas con los de la torre y los de la casa aspillerada.
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El segundo día, Alvarito, con el comandante, esperó a que amaneciera para presenciar el fuego desde la torre.
Durante la noche se veían las luces y las hogueras del campamento de los cristinos. Ya de día, comenzaron los preparativos de las tropas de don Diego León, que iban emplazando las piezas de artillería.
A veces disparaban; el humo salía como una nube de la boca de los cañones. Las granadas sonaban como latas golpeadas, al pasar por el aire, y se aplastaban en las casas con un ruido blando.
Estando Alvarito en la torre, vio aparecer un general carlista a caballo, con sus ayudantes. Sin duda los cristinos lo advirtieron, porque arreció entonces la lluvia de balas. Los carlistas disparaban desde el parapeto de la torre, tendidos en el suelo.
El general a poco se retiró.
Alvarito fue a la posada y dijo a Manón:
—Creo que podemos estar tranquilos. Los liberales no entrarán en el pueblo.