—Sí; pero si esto dura mucho, no será mejor.
Al día siguiente Álvaro salió a ver al comandante; pero no lo encontró en la iglesia; volvió y pasó el tiempo en casa, hablando con Manón.
El cuarto de esta daba hacia el campo y tenía una solana, y desde ella se veía el río y la formación de las tropas liberales en orden de batalla.
Al amanecer comenzaron los estampidos del cañón, arreciaron los tiros y por la puerta de la solana entraron dos balas que dieron en la pared.
Alvarito dispuso el poner un colchón colgado como una cortina en la puerta. Así lo hicieron. Al mediodía se oyó gran estrépito de cañonazos y de tiros.
—¿Tienes miedo tú? —preguntó Manón a Alvarito.
—A veces; no siempre.
—Yo no tengo tampoco mucho. ¿Y si nos mataran?
—Si nos mataran, ya no habría cuestión, al menos aquí —contestó Alvarito.
—¿En dónde la habría?