—En el cielo, en el infierno o en el purgatorio.
—¡Ah! ¿Tú crees eso?
—Yo, sí.
—Yo no creo en nada.
—¿No eres cristiana?
—No sé; pero no creo en ninguna de esas cosas.
En esto vino Ollarra, malhumorado, furioso, porque le habían tenido trabajando. Al entrar y ver a Manón vestida de mujer, no quedó extrañado.
—¿Te choca verme así? —preguntó Manón.
—¡Bah! Ya lo sabía —y el muchacho se encogió de hombros, como indicando que a él nada le importaba, y aseguró que iba a echarse a dormir al desván y estarse allí todo el tiempo posible.
Alvarito se preocupaba de Manón más que de sí mismo. A ella le conmovía tal generosidad. Álvaro resultaba leal, valiente y caballeresco. Ollarra, en cambio, no se preocupaba de nada ni de nadie, y, sin embargo, ella le admiraba más.