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En el portal de la casa prepararon los carlistas una ambulancia, y era para Álvaro muy desagradable y muy triste el oír los lamentos de los heridos.
Alvarito encontró en el piso alto dos observatorios: la ventana de un cuarto y un agujero de la guardilla por la que se veía el campo. Alternaba uno y otro observatorio.
La ventana daba a una de las entradas del pueblo. Abajo se veía un gran parapeto hecho con piedras, sacos y maderas. Grupos de soldados carlistas se reemplazaban para disparar desde el parapeto, otros en una esquina hacían el rancho. Se les oía hablar; no debían creer que el ataque se fuera a formalizar, ni que los enemigos pensaran recurrir al asalto. Se relevaban de dos en dos horas y unos venían y otros iban con el fusil al hombro.
Por el agujero de la guardilla se veía a los cristinos formados y el humo de sus cañones tan pronto aquí como allá. Todo el día sonaron los cañonazos.
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Después de cenar, Álvaro se despidió de Manón y se marchó a su cuarto. Abrió la ventana. En la calle, oscuridad y silencio; no se hacían fuego carlistas y liberales; se oía de tarde en tarde el alerta de los centinelas y algún ¿Quién vive? de las patrullas.
En el cielo, dramático, después de las ráfagas de viento que dominaron por la tarde, habían quedado nubes blancas y fantásticas que iluminaba la luna; a lo lejos aparecían los cerros pelados y cerca los paredones blancos de las casas y las guardillas.
—¡Bah!, no pasará nada —se dijo Alvarito—, no entrarán.
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