Alvarito durmió profundamente y se despertó ya entrada la mañana con un ruido terrible de cañonazos y de fusilería. Salió de su cuarto, y al ver a la posadera, exclamó:

—¿Qué pasa?

—¡Que entran los cristinos!

Alvarito corrió a mirar por el boquete de la guardilla.

El campo estaba inundado de sol, que se derramaba brillante por la tierra; el día, claro magnífico; los liberales avanzaban corriendo entre el polvo y el humo; con ellos iban hombres a caballo y llegaban a lo lejos sonidos de cornetas.

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Alvarito marchó a la ventana del cuarto alto que daba a una de las entradas del pueblo. Era, sin duda, peligroso asomarse allí. Sin embargo, fue perdiendo el miedo y se asomó. Silbaban las balas. Abajo había hombres heridos y alguno muerto; uno se arrastraba echando sangre, a otro le faltaban las fuerzas y caía, un tercero, un oficialito joven, de bigote, escapaba cojeando.

El parapeto de piedras y maderas iba desapareciendo a fuerza de cañonazos; sin duda los carlistas no se atrevían ya a recomponerlo; tal era la lluvia de balas que cruzaban entre las dos casas. Algunos carlistas disparaban desde las ventanas. Viéndoles de cerca, como les veía Alvarito, se notaba cómo se estremecían los músculos de su cara por el terror.

En el suelo aumentaba el número de hombres heridos y muertos que no se podían recoger.

Un general carlista, a caballo, seguido de su ayudante, se acercó al parapeto muy pálido y gritó algo; nadie le hizo caso. El oficial ayudante bajó del caballo para dar órdenes, porque se exponía a las balas que debían silbar alrededor de su cabeza. Luego montó de nuevo; el caballo se encabritó. A Alvarito le pareció que había sido herido; pero no debió ser así, porque salió disparado, arrancando con los cascos chispas de las piedras del suelo.