Algunos soldados cristinos se dieron cuenta, sin duda, de la ventana abierta desde donde miraba Alvarito, y de repente la ventana y la contraventana fueron acribilladas a balazos.
Alvarito se retiró y se sentó en el suelo. No supo el tiempo que estuvo así, asustado, pensando en su peligro, en Manón y en los recuerdos de su vida.
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De pronto oyó estrépito de puertas y ventanas.
—Ya están los cristinos. Ya vienen, ya vienen.
Alvarito, despacio, se asomó de nuevo a la ventana. La casa de enfrente estaba ardiendo. Había caído en ella una granada e incendiado un pajar.
Por la entrada del pueblo llegaban ahora los soldados liberales, gritando, llenos de barro, con la cara negra de pólvora, empujándose unos a otros para pasar de prisa. Se entablaban luchas cuerpo a cuerpo con los que se resistían, que terminaban cosiendo a bayonetazos al enemigo.
Tocaban las campanas; se oían descargas cerradas; trozos de pared y montones de tejas caían a la calle.
Resonaban gritos por todas partes. Sonaban las cornetas. Sin duda era la embriaguez del triunfo.
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