—Le recogeremos para enterrarlo —dijo Manón.

Cuando quisieron acercarse al lugar del fusilamiento, unos cuantos merodeadores se habían echado sobre los muertos a quitarles la ropa y alguien ordenó llevar los cadáveres lejos y enterrarlos.

El perro de Ollarra, Chorua, no aparecía; probablemente lo habrían matado también.

VIII

LA CÁRCEL

Al llegar a Pamplona, Alvarito y Manón marcharon cada uno por su lado y se separaron con lágrimas en los ojos. Desde el fusilamiento de Ollarra, Manón estaba quebrantada y tenía tendencia a llorar. Manón se hospedó en una fonda de la plaza del Castillo.

A Alvarito, por primera providencia, lo metieron en una cuadra o calabozo inmundo de la Ciudadela. Tenía como compañeros varios carlistas aldeanos, y entre ellos un hombre sombrío, torvo, que parecía vivir en un sueño triste, hipocondriaco y amargo. Su risa sardónica cuadraba bien con su figura de cuervo, melancólica y siniestra.

Otro de los prisioneros, loco, pasaba el tiempo bailando, riendo y cantando.

—¿No hace daño este hombre? —preguntó Alvarito.

—A veces se echa sobre alguno de nosotros y hay que separarle a puntapiés —contestó el misántropo.