no, no, no.

No comerás cordero; no,

no, no, no.

El repertorio no era bastante divertido para amenizar las horas de la prisión. Aquel calabozo oscuro y siniestro de la Ciudadela, con el demente, era también un buen escenario para otra estampa de La Nave de los Locos.

A primera hora de la noche llevaron a la cuadra el rancho y tuvieron que prepararse para dormir. A Alvarito le entregaron un colchón viejo y se tendió en él en un rincón.

Al despertarse sintió que le picaba todo el cuerpo.

—¿Qué demonio tiene uno aquí? No hace uno más que rascarse —se preguntó en voz alta.

—Son los piojos —dijo el misántropo—. A eso también se acostumbra uno —añadió con terrible filosofía.

Aquello achicó la moral de Alvarito y pensó en la vida horrible que le esperaba en la mazmorra. Por fortuna para él, el encierro no fue muy largo.

Al mediodía, a Alvarito le sacaron de la cuadra y le llevaron a declarar. Le acusaban de ser confidente de los carlistas.