Un comandante comenzó a interrogar al muchacho; cuando Álvaro respondía, el oficial hablaba con un sargento de asuntos del servicio y no se enteraba de cuanto decía Alvarito.

Álvaro explicó por qué había entrado en España desde Bayona. Pudo comprobar, con cierta sorpresa, que su padre era desconocido como carlista, pues si no, su apellido hubiera bastado de indicio a su filiación política. Después de declarar le metieron en la cuadra otra vez. Alvarito, horrorizado, pensaba en la noche que le esperaba, cuando le sacaron de nuevo del calabozo, y se encontró con Manón, una señora y el teniente Robles, uno de los oficiales de Belascoáin.

Manón había conseguido que a Álvaro le llevaran a un pabellón, donde viviría con la familia del sargento guardaalmacén.

Le traía ropa nueva para mudarse y agua de colonia; lo mejor que le podía traer después de aquella noche horrible en el calabozo.

Al despedirse, Manón, triste y pensativa, dijo afectuosamente:

—Adiós, hasta mañana; mañana vendré sin falta.

Alvarito fue a la fuente a lavarse, y después a mudarse; la sospecha de mantener en el cuerpo aquella población parásita, cogida en la cuadra, le duró mucho tiempo.

El segundo día de arresto y los siguientes fueron muy agradables para Alvarito. Le permitían pasear por la Ciudadela, y, sobre todo, esperaba y pensaba en Manón. Llegaba ella y hablaban largo tiempo. Su melancolía hacía a la muchacha más amable y encantadora. Manón había mandado un propio a Bayona y aguardaba la contestación.

Una semana después, Manón se presentó en la Ciudadela con la andre Mari. Traían buenas noticias de Chipiteguy; Gabriela la Roncalesa lo había encontrado en Urdax y en un mulo le condujo al Roncal, porque la frontera estaba, por el lado de Urdax, muy vigilada. Chipiteguy volvería pronto a su casa.

—Ahora irás a Bayona —preguntó Álvaro a Manón.