—Sí; tú también saldrás pronto de aquí —dijo ella.

—Sí; creo que sí.

—Ya es hora de que todos volvamos a nuestra vida normal —añadió la andre Mari.

Alvarito se despidió de la andre Mari y de Manón. Ella le ofreció la mejilla y él la besó muy conmovido. Alvarito quedó triste, esperando con ansia la primera carta. Paseaba melancólico por la plaza de la Ciudadela, se acercaba a los baluartes y miraba al cielo con angustia creciente.

Cuando pasó una semana y no recibió carta, Alvarito se desesperó.

Mientras vivía inquieto y desesperado, alguien le miraba con placer, alguien que se consideraba gravemente ofendido por él.

Había un muchacho joven en la Ciudadela, hijo del carcelero, con muy mala sangre, que siempre buscaba la manera de molestar a los prisioneros carlistas. Le llamaban Visera o Viserita.

Viserita era hijo de un sargento que hizo la campaña de Alaix contra Gómez. Alaix, años antes, había sido capitán general en Pamplona. Como al general Alaix los soldados le apodaban Visera, al sargento, que constantemente hablaba de él, le llamaron también así, y lo mismo a su hijo, aunque a este más frecuentemente le decían Viserita.

Una de las vejaciones habituales de Viserita consistía en entrar en los calabozos de los carlistas entonando el Himno de Riego o algún otro cántico odiado por ellos. Viserita tuteaba a los oficiales carlistas, aunque fueran viejos, y si alguno se molestaba, le amenazaba con denunciarle.

Según decían, Viserita guardaba las cartas de los presos de la Ciudadela; las leía y se divertía después dando bromas a los interesados sobre lo que les escribían sus mujeres o sus madres.