—Trabaja si quieres en el bazar —le dijo—, pero ven a comer y a cenar conmigo. El cuarto seguirá también siendo tuyo en esta casa.

Alvarito estaba encariñado con la casa del Reducto. Le parecía suya, por guardar para él los más bellos recuerdos de su vida.

El despacho de El Paraíso Terrenal, a donde fue a trabajar días después, era mucho más limpio y arreglado que el de Chipiteguy.

Alvarito desconocía la teneduría de libros, pero según Madama de Lissagaray esto no importaba gran cosa. Ellas necesitaban principalmente un hombre de confianza.

Mientras trabajaba llevando las cuentas en El Paraíso Terrenal, Álvaro soñaba con Manón, su compañera de aventuras. El viaje hecho a través de Navarra, tomaba en su imaginación proporciones de algo lejano admirable y maravilloso. Aquella estancia en Abárzuza, papá Lacour con su mujer, la Prudenschi, Ollarra, el Ratón. ¡Qué tipos!

Muchas veces Rosa le estudiaba con mirada fija y al verle absorto, dedicado al trabajo maquinal y con el alma ausente, hacía una mueca de tristeza.

Por entonces Dolores recibió dinero de París. Se lo enviaba, según decía en la carta, una señora española para que pusiera un taller por su cuenta. Alvarito pensó si sería Manón.

Dolores alquiló una tienda pequeña en la calle Mayou y para adornarla Alvarito pidió a Chipiteguy dos bustos de cera, el de la Española y el de la Dama Bonita, que colocaron cubiertos de bordados, en el escaparate.

Algún tiempo después, Alvarito, con el corazón destrozado, supo que Manón se iba a casar en París con el vizconde de Saint Paul.

La andre Mari le dijo que debía olvidar a su sobrina.