—¿Dónde está ahora?

—¿Para qué quieres saberlo? Nos ha olvidado, olvidémosle nosotros a ella.

—¿Por qué se queja usted? —le preguntó una vez con rudeza Alvarito—. ¿No ha sido usted mismo el que la ha mandado que no se acuerde de usted y que no le escriba?

—Yo le he recomendado eso, es verdad, porque era su conveniencia —contestó humildemente Chipiteguy—. ¿Pero tú hubieras hecho eso aunque te lo recomendaran? No; yo por su bien he cortado nuestras relaciones para que no le reprochen sus nuevos amigos que es la nieta de un trapero. En ella estaba no seguir el consejo tan al pie de la letra. ¡Qué se va hacer! Es ingrata. Es dura de corazón.

—Pero, usted, la llamará alguna vez.

—No, no la llamaré, aunque me esté muriendo en mi rincón. No la llamaré. Le he dado todo, pero no quiero nada de ella. Todas son así, Alvarito, igualmente egoístas, vanidosas y volubles. No tienen corazón. Frialdad, orgullo, coquetería, deseo de lucir y triunfar. Nada más. Ha sido para ti una suerte no casarte con ella. Te hubiera hecho desgraciado.

—Triste suerte —pensaba Alvarito.

Una noche soñó que se hallaba en el entresuelo de El Paraíso Terrenal, en la parte del bazar llena de juguetes. Estaba arreglando las muñecas con sus ojos azules, metidas muy alegres en sus ataúdes de cartón; los polichinelas, con sus trajes multicolores y sus platillos; los conejos blancos, que tocan el tambor; los caballos fogosos, con sus crines de estopa y sus ojos brillantes; los soldados de plomo y las arcas de Noé, cuando de pronto un barco de marfil que colgaba del techo se movió y comenzó a navegar por el aire. En el barco iban unas muñequitas de porcelana, muy bonitas y adornadas. Manón, Rosa, Morguy y su hermana. Todas, al pasar, le saludaban amablemente; pero en una de las vueltas, al deslizarse el barco por delante de su ojos, Manón había desaparecido. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había ocultado? Entonces a él no se le ocurría más que recitar el romance del marqués de Mantua:

¿Dónde estás, señora mía,

que no te duele mi mal?