O no lo sabes, señora,
o eres falsa o desleal.
IV
LAS PREOCUPACIONES DE CHIPITEGUY
El viejo Chipiteguy iba sintiendo remordimientos de no haber tenido en cuenta el entusiasmo de Alvarito por su nieta y quería sincerarse con él, repetirle que con Manón hubiera sido desgraciado, porque era ingrata, voluble y olvidadiza.
Álvaro la mayoría de las veces no contestaba pensando en sí mismo y en su vida aniquilada. Comprendía que no había esperanza para él. Quizá hombres de naturaleza más exuberante podían poseer almas más propicias para el entusiasmo amoroso y después de uno, vivir con otro; pero él comprendía que toda su fuerza espiritual, toda su capacidad de ilusión, la había puesto en la nieta de Chipiteguy y que ya no volvería a sentir otro entusiasmo parecido.
¿Qué iba hacer él ya, en la vida? No tenía esperanza alguna. Ya no podía aspirar más que a la tranquilidad, al reposo, a vivir sin angustia.
La melancolía ahogaba el resentimiento en Alvarito, la tristeza le impedía tener rencor, no así en el viejo que uniendo odio y cariño por Manón, insistentemente se mortificaba y ensanchaba su herida; deseaba hablar de su nieta, tan pronto bien y tan pronto mal.
Cuando Chipiteguy no hablaba de Manón, volvía a sus manías que por momentos iban aumentando.
Decía a cada paso que la gente sospechosa rondaba la casa del Reducto.