Una noche, Alvarito creyó ver a Frechón muy tapado, con gabán y bufanda en el puente de barcas del Adour y luego en la plaza del Reducto mirando la casa de Chipiteguy como si la estudiara.

—¿Estás seguro de que era él? —preguntó el viejo, cuando contó Álvaro lo que había visto.

—No del todo seguro, porque era de noche. Si otra vez le veo, ¿qué hago? ¿Le denuncio?

—No, aumentaremos la vigilancia.

Chipiteguy mandó poner barras de hierro en puertas y ventanas y dio nuevas instrucciones a Quintín y a Castegnaux.

Unos días después les despertó, por la mañana, un gran alboroto.

—¿Qué hay, qué pasa? —gritó Chipiteguy espantado.

No pasaba nada. Era Abadejo, el loco de la vecindad, que, después de reunir todas las latas y botes de conservas encontrados en la calle y de atarlos con cuerdas, corría gritando furiosamente, haciéndose la ilusión de que llevaba un tropel de caballos.

Otra vez el susto se lo dieron a Chipiteguy varios chiquillos de la vecindad, que pasaron al anochecer dando aldabonazos en las casas.

V