PROYECTO DE NUEVO VIAJE
Alvarito pasó así, triste, ensimismado y deprimido, varios meses. Su malhumor habitual, su aburrimiento le impedían el gusto por todo.
A medida que se mostraba menos amable, los demás le trataban mejor. Tenía una tristeza melancólica, inquieta y sin calma. Lo único agradable para él era leer. Pedro D’Arthez le prestaba libros y él se los tragaba. La literatura, y sobre todo la historia, le entretenían mucho.
Sus ideas iban cambiando y comprendía que las absolutas verdades de antes podían muy bien no ser ciertas o llegar a lo más a verdades pasajeras. El carlismo suyo, herencia de su padre, descompuesto y evaporado, le parecía una de tantas cosas con mucha fachada y por dentro vacías.
Al comienzo de la primavera, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza recibió una carta de España. Acababa de morir el padre de su mujer, abuelo materno de Alvarito, en Cañete. Debía haber dejado alguna herencia. ¿Cuánto? No se sabía.
—¿No te parece que sería conveniente que Álvaro fuese allá? —preguntó don Francisco a su mujer.
—Sí, sí; pero aquello debe estar muy mal y no creo que tenga que cobrarse gran cosa.
—Tú has dicho muchas veces que tu hermano Jerónimo estaba rico y hasta que había encontrado un tesoro.
—Sí, eso se contaba en el pueblo; pero yo no sé la verdad que hay en ello.
—Decías también que había alquilado un castillo.