—Sí, sí, todo eso es cierto; pero yo no sé si esa fortuna de Jerónimo es de verdad o es pura fantasía.

—Algo habrá, cuando se habla de ello.

—Es posible; pero yo no quiero que Alvarito se exponga inútilmente y pierda el empleo que tiene en casa de Madama Lissagaray. Todo aquel país debe de estar muy mal con la guerra.

—¡Bah, por allí no ocurre nada! Cree que más peligros que los que ha pasado en Navarra no se le presentarán.

—Sí, es cierto; pero no siempre se sale bien de los peligros.

Sánchez de Mendoza preguntó a su hijo qué le parecía el proyecto de ir a Cañete.

—Bien, muy bien —contestó con indiferencia Álvaro.

Al muchacho no le disgustaba la perspectiva de otro viaje aventurero. Sin datos fehacientes no creía gran cosa en la fortuna de su tío Jerónimo. Le había nacido cierta desconfianza por las grandezas de la familia.

Don Francisco Xavier habló a Madama Lissagaray y ella dijo que esperaría a Álvaro el tiempo necesario y le reservaría el empleo.

Madama Lissagaray notaba que su hija, muy interesada con Alvarito, no era correspondida; que este seguía pensando constantemente en Manón. Un viaje largo, y hasta un tanto peligroso, convenía a Alvarito y también a su hija.