Que el muchacho volvía con la misma pasión, o que no volvía, ella haría lo posible para que Rosa olvidara sus amores con la ausencia. Si volvía curado, la cuestión se hallaba resuelta.
Chipiteguy dijo a don Francisco Xavier que a Alvarito le convendría un viaje largo, pues le creía enamorado como un loco de su nieta Manón, que los había trastornado a todos.
Chipiteguy dio a Alvarito mil pesetas para el viaje; Álvaro comenzó sus preparativos; su madre le hizo grandes recomendaciones para que no se expusiera y para cuando viera en Cañete a su hermano Jerónimo. Su padre le dijo que debía acercarse a su casa de Iniesta, cerca de Minglanilla.
—No es una gran casa —advirtió el hidalgo—, quizá a ti no te guste, pero yo tengo la idea de que no está mal. Es una casa de pueblo, naturalmente.
El buen hidalgo, ensalzador de los esplendores de su casa solariega, cuando nadie podía verla, en el momento que su hijo pensaba visitarla, iba quitando hierro y encontrándola sin grandes méritos.
Alvarito compró el mapa de España en una librería y días después se dispuso a salir.
Comprendió por instinto que el andar, el deambular, el dejar de ver el sitio de sus amores, le curaría seguramente de sus penas. ¡Adelante y con valor!, se dijo a sí mismo.
¡Vengan lluvias, nieves, tormentas y temporales! ¡Venga un buen catarro o una buena fiebre! ¡Venga el peligro de una emboscada! Eso me curará definitivamente de mis melancolías.
¡A digerir la tristeza, a seguir el camino más largo!
Esta idea no le impacientaba, sino que le agradaba.