QUINTA PARTE
RASTROS DE LA GUERRA
I
UN DOMINGO DE CARNAVAL EN VITORIA
El mayoral iba gritando:
—¡Coronela! ¡Coronela!... ¡Ya, ya!...
La diligencia, con su cochero y sus zagales, marchaba por las llanuras de Álava, arrastrada por siete mulas, con sus cascabeles correspondientes. Alvarito contemplaba desde la ventanilla la tierra alavesa, con sus montañas grises y redondas y sus valles anchos, con su aire hidalguesco y guerrero. Aquellas explanadas le parecían un escenario natural para batallas. Al contemplar el país pensaba si en esta cañada o en aquel barranco habría tropas en acecho.
Así como Álava es tierra clásica para la guerra de batallas campales, la Navarra de la montaña es más para la guerrilla, para el corso, y Guipúzcoa para la partida.
La diligencia marchaba llena de bote en bote.
Aquello podía considerarse como la Caja de Pandora o el Arca de Noé. Había una mujer con un gato en una cesta, un cazador con dos perros, una niña con un canario, un aldeano con hortalizas, una señora con un tiesto, dos frailes que, según dijeron, vivían en comunidad privada, a pesar de que legalmente no existían ya en España conventos; un cura y otras varias gentes de tipo y de carácter mal definidos. Los hombres, como si se hubieran puesto de acuerdo, tosían, fumaban y escupían.