Alvarito estaba cansado, rendido ya del viaje.
—En Vitoria voy a bajar —pensó.
No tenía mucho interés por Vitoria. Ya conocía en parte el país vasco. Ansiaba conocer Castilla, la tierra suya y la tierra de sus ascendientes.
Su billete servía hasta Vitoria y decidió quedarse allí.
Por consejo del empleado de la diligencia, no sacó de la estación de parada todo su equipaje, sino un maletín pequeño.
Le chocó la serie de dificultades que le puso la policía para entrar en la ciudad; pero con paciencia y algunas pequeñas propinas salió del paso.
Fue a hospedarse a la fonda Nueva. Se lavó, se arregló un poco y después salió a la calle.
Era domingo de Carnaval. Hacía un tiempo espléndido y había máscaras. La gente, después de los años tristes de la guerra, sentía sin duda ganas de divertirse.
En el paseo de la Florida, después de misa mayor, paseaban muchas chicas bonitas, de aire vivo y decidido, tocadas con mantillas negras; había máscaras elegantes y zarrapastrosas, jóvenes peripuestos y oficiales muy petulantes.
Por la tarde el paseo estuvo más animado y Alvarito se divirtió de lo lindo, cruzando las miradas con las chicas guapas, viendo a la cocinera disfrazada de hombre con sus poderosas caderas, contemplando las zanganadas del oso que se tiraba al suelo o del hombre del alhiguí.