Al anochecer, antes de sonar el Ángelus, en esa hora dionisiaca del crepúsculo de Carnaval, Alvarito marchaba trastornado detrás de una modista vitoriana que le magnetizaba con sus miradas.

Hubiese podido, si hubiera sabido alemán, recordar las estrofas que el poeta revolucionario Julius Petrus Gunzenhausen de Aschaffenburg escribió en un ejemplar de La Nave de los Locos, que guardaba Chipiteguy y que decían así:

«¡Carnaval! ¡Carnaval! Eres de las pocas cosas transcendentales legadas por el pasado. Junto a ti las fiestas religiosas, las académicas y las patrióticas no son más que pobres farsas insustanciales. El sacerdote revestido con sus hábitos, el académico con su frac, el militar con su uniforme, el diplomático con su espadín, parecen más serios que las máscaras con su careta, y no lo son, no lo han sido nunca.

»¡Carnaval! ¡Carnaval! Eres antiguo como el hombre. Tus raíces se hunden en la animalidad del troglodita ardiente y fiero, llegan al rojo gorila o al moreno chimpancé. Cuando el simiandro vivía en la selva había ya organizado tu culto: se disfrazaba unas veces de animal y otras de hombre. Lo tienes todo: la risa, el arte, el disimulo, el miedo, lo inseguro, la inquietud, la perfidia humana, los sentimientos ancestrales...

»¡Carnaval! ¡Carnaval! Los imbéciles, cada vez en mayor número, te odian; los pedantes abominan de tus fiestas. Creen que en ellas hay un bajo histrionismo, cuando en ti es todo naturaleza.

»¡Carnaval! ¡Carnaval! Los pintados y los teñidos y los encorsetados, los graves puritanos y los sesudos moralistas temen tus gritos y tus actitudes pánicas. Tus farsas desenmascaran las farsas solemnes que ellos quieren conservar; tus risas descomponen la seriedad estólida del funcionario lógico y petulante.

»¡Carnaval! ¡Carnaval! A tu lado, las religiones y sus templos son de ayer, las academias son de ayer, los títulos son de ayer, la ciencia y el arte son de ayer, y en cambio tú, en una forma o en otra, eres eterno».

En el momento de más entusiasmo y de más excitación en que Alvarito comenzaba a sentirse dionisíaco y elocuente, casi tanto como Julius Petrus Gunzenhausen de Aschaffenburg, sonaron las campanas de la queda, los alguaciles obligaron a quitar la careta a todos y la fiesta se acabó tristemente.

Alvarito se fue a la fonda, cenó, y como no tenía ganas de acostarse, decidió ir al teatro. Representaban Treinta años, o la vida de un jugador, melodrama truculento y lacrimoso, traducido del francés, no muy propio de un Domingo de Carnaval. La sala estaba elegante y vistosa, muy bien iluminada con candilejas y quinqués de petróleo.

En los palcos y plateas se lucía la aristocracia del pueblo: chicas bonitas, mamás gruesas llenas de joyas, señores viejos y jóvenes civiles y militares.