Tocó la orquesta y comenzó la función.

Al melodrama, terrible y de sentimentalismo absurdo y enfático, la manera de representarlo le hacía más grotesco. El jugador, héroe del melodrama, hombre bajito, disimulaba la pequeñez de su estatura con zapatos de tacón muy alto; estaba pintarrajeado como una careta, llevaba barba rubia postiza que le temblaba al hablar con su voz de falsete y miraba con una insistencia cómica al apuntador. La mujer del primer galán, legítima al parecer en la realidad y en el drama, embarazada de ocho meses, declamaba lloriqueando con hipo angustioso. El padre del jugador parecía un energúmeno, daba miedo y hacía reír al mismo tiempo, y únicamente el traidor era gracioso y resultaba simpático, a pesar de su maldad melodramática.

Alvarito ya comprendía que el melodrama era malo y que no lo representaban bien; pero le hacía efecto y muchas veces le daba ganas de llorar. En los palcos veía algunas mujeres que se secaban disimuladamente los ojos con el pañuelo.

En la butaca, al lado de Alvarito, un hombre con aire mixto de ciudadano y de lugareño hizo algunas observaciones muy atinadas y muy sensatas acerca de la comedia y de los cómicos, y Alvarito le dio la razón.

Salió el muchacho del teatro y al entrar en la fonda se encontró con el vecino de la butaca.

—¿Se aloja usted aquí? —le preguntó.

—Sí, señor.

—¿Parece que somos vecinos en el teatro y en la fonda?

—Así parece —contestó Alvarito.

—Bueno, pues adiós. Buenas noches, que duerma usted bien.