—Adiós.

Al día siguiente, al levantarse de la cama y al ir a desayunar, se encontró Alvarito de nuevo con el vecino de la butaca. Era hombre ancho, de cara redonda, picada de viruelas, con ojos claros y expresión un poco ruda de ingenuidad y de franqueza.

Le parecía a Alvarito que aquel tipo mixto de ciudadano y lugareño respiraba lealtad y buena fe.

Charlaron los dos largamente. El vecino dijo que era comerciante en Almazán. Le llamaban el señor Blas el mantero. En los últimos años realizó un buen negocio de mantas con el ejército y comerciaba también en lanas. Probablemente aquel sería su último viaje, porque pensaba retirarse.

A la hora de comer se encontraron de nuevo en la mesa Alvarito y el señor Blas. El mantero produjo al joven Sánchez de Mendoza bastante confianza para contarle su vida, sus amores y sus proyectos.

Al oírle el señor Blas, dijo a Alvarito:

—Perdone usted, joven, que le haga una observación.

—Usted dirá.

—Creo que lo que piensa usted hacer es algo peligroso. Usted piensa ir a Madrid, de Madrid a Cuenca y de Cuenca a Cañete, ¿no es eso?

—Sí.