—Pues no creo que sea prudente. Hasta Madrid, y quizá hasta Cuenca, no le pasará a usted nada; pero de Cuenca a Cañete puede ser otra cosa. Por la parte de Castilla la Nueva y de la Mancha, por tierras donde ande todavía la guerra, no vaya usted, a no ser que tenga usted algún conocido, y si lo tiene, avísele usted con anticipación.

—¿Cree usted que sea peligroso?

—Sí; la guerra todo lo estropea y lo echa a perder, y para el que no es del país, andar en parajes extraños con guerra es mal negocio.

—¿Usted qué cree que debía hacer?

—Yo le voy a proponer a usted una cosa. Que venga usted conmigo a Almazán y de Almazán vaya usted a Cañete.

—¡Hombre!

—Si desconfía usted, no venga.

—No; ¿por qué voy a desconfiar? Pero me parece que se pierde mucho tiempo haciendo ese viaje por ahí.

—¡Ah! Si tiene usted prisa, no le digo nada.

—No, prisa no tengo.