—En fin, usted piénselo.

II

EL SEÑOR BLAS, EL MANTERO

Alvarito pensó en el ofrecimiento del señor Blas y consultó su mapa. Era indispensable dar un rodeo bastante grande para seguir el itinerario del mantero; él no tenía prisa. El señor Blas parecía buena persona y hombre perfectamente enterado. Por otra parte, el viaje en diligencia se le antojaba incómodo y de una estupidez extraordinaria.

Alvarito se decidió por seguir el itinerario del señor Blas; envió su maleta grande a Bayona, se quedó con su maletín y por la mañana siguiente salía en su mula camino de Miranda de Ebro.

El señor Blas, gran compañero de viaje, servicial, amable y decidor, no se impacientaba. Conocía muy bien todos los pueblos del trayecto y de todos sabía un gran montón de historias y anécdotas.

Fuera de la carretera principal, por donde rodaban las diligencias, los demás caminos de herradura estaban imposibles, descuidados, deshechos, llenos de baches, con relejes profundos y en parte borrados por las matas y las hierbas parásitas.

En leguas enteras, sobre aquellos caminos formados por cantos de río, los caballos y los mulos apenas podían andar. En algunas partes, los arroyos cruzaban las carreteras. No se pisaba más que lodo o polvo, lodo donde se hundían los caballos hasta los corvejones y polvo que se levantaba en nubes espesas.

Alvarito se sorprendió de este abandono.

—Es la guerra —dijo el señor Blas—. Cuando vaya usted por el mediodía verá que allí los caminos son todavía peores. Toda la parte de Castilla que vamos a cruzar se puede recorrer con relativa seguridad, porque ya no hay carlistas, aunque quedan malhechores sueltos que pretenden dar a sus fechorías de bandidos un aire político. En todo queda el rastro de la guerra, miseria, hambre, desorden, peste; pero no hay gran peligro de ser acometido.