Alvarito vio que en casi todos los pueblos un poco granados por donde pasaron, el mantero visitaba a sus corresponsales para preguntarles si deseaban algo.

—Veo que cultiva usted su clientela —observó Alvarito.

—Amigo, ya se sabe —contestó el señor Blas sentenciosamente, y añadió—: En esta vida caduca, el que no trabaja no manduca.

El señor Blas se manifestaba como hombre alegre, expansivo y bien avenido con la vida.

En todas las posadas y paradores de los pueblos castellanos viejos donde se detuvieron, entre Miranda y Burgos, oyeron relatar hazañas del cura Merino, de Balmaseda y del Empecinado.

Fuera de los asuntos cotidianos de comprar y de vender, era lo único que interesaba.

Al principio, la incomodidad del alojamiento hizo quejarse a Alvarito a solas; pero se acostumbró, como se acostumbra uno a todo, al frío de las posadas y mesones y a dormir casi siempre vestido.

En los primeros días el viaje fue monótono. La llegada a Burgos por la mañana y la vista de la ciudad, con su aire severo, las agujas caladas y grises de su catedral y sus casuchas pequeñas alrededor, produjeron a Álvaro gran impresión. Creía asomarse a la Edad Media.

El Arlanzón lo encontró muy pequeño. Acostumbrado a Bayona, con sus dos ríos, y a Burdeos, que también había visto, con el magnífico Gironda, los pueblos de España, con sus riachuelos, le daban la impresión de secos. No se veía agua por ningún lado, montes secos, tierra seca, todo seco.

En Burgos, el señor Blas y Álvaro fueron a una posada de la calle de la Calera, y después Álvaro cruzó el puente y se acercó a la catedral.