Tenía idea vaga del arte gótico, cogida en el Magasin Pittoresque y en Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, idea no solo vaga, sino también oscura.
Entró en la catedral y se quedó maravillado. No sabía gran cosa de aquello y se fue acercando a un sacristán o pertiguero con la idea de hacerle algunas preguntas.
El pertiguero peroraba comentando una corrida de toros, en el centro de un grupo de mendigos y de granujas.
El taurófilo sacaperros, no contento con las explicaciones verbales, se puso a marcar las suertes de Paquiro Montes, con la capa en una mano y la pértiga en la otra, y después de agitar la capa, dijo convencido:
—Ni Jesucristo lo hace mejor.
Esta invocación de Jesucristo en una cuestión de tauromaquia le dejó a Alvarito asombrado y le quitó el deseo de hacer ninguna pregunta al pertiguero.
Al oírlo, pensó en Chipiteguy y supuso que al viejo seguramente le hubiera parecido que la Dama Locura, con su gorro de cascabeles, no andaba muy lejos de por allá.
Al salir por una de las puertas, Alvarito se vio acosado por una nube de mendigos pedigüeños y escapó, después de luchar a brazo partido con ellos.
Eran tipos de mendigos extraordinarios. Un ciego arrodillado, inmóvil como una estatua, con la cabeza hacia arriba y un platillo en la mano, exclamaba con voz dramática: ¡No hay prenda como la vista! ¡Santa Lucía bendita les conserve este precioso don! Otro, vendado, con úlceras en las piernas, andando con dos muletas, gritaba: Tengan lástima y compasión de este pobre baldado. Un tercero, sin duda mudo, aullaba y agitaba una campanilla y mostraba un plato para que echaran en él la limosna.
Aquella nube de mendigos desarrapados producía verdadero terror.