Alvarito, volviendo a la posada, creía observar que la gente tomaba el sol y hablaba mucho en los corros y trabajaba poco.
—Veo que aquí hay mucho vago —dijo al señor Blas.
—Esa es una planta que abunda más cuando más al mediodía se va. Quizá sea cuestión de clima.
Permanecieron en Burgos dos días y por la tarde del segundo salieron camino de Lerma. El señor Blas contó a Alvarito su vida y sus trabajos con grandes pormenores.
En Lerma se hospedaron en el Parador de las Diligencias; y aunque el señor Blas tenía un amigo, no quiso ir a su casa.
—¿Por qué no va usted? Si es por mí, no tenga usted escrúpulo. Yo iré al parador solo —dijo Alvarito.
—No; ya he estado en casa de ese señor varias veces y hay que seguir el refrán: «Al amigo y al caballo no hay que cansallo».
Fueron los dos compañeros al parador y el señor Blas a visitar a sus clientes.
A medida que andaba y trajinaba, Alvarito notaba dos efectos, muy importantes para él: soñaba poco y pensaba menos en sus penas. No era, naturalmente, la curación, pero sí el apaciguamiento, especie de insensibilidad en su herida, que se le producía al perder el espíritu su concentración; al esparcirse en la naturaleza y al preocuparse por los mil detalles del camino.