RECUERDOS DE MERINO Y DE BALMASEDA

Durante el viaje, Alvarito fue reflexionando y comparando. En el camino de Lerma comenzó a llover. Álvaro pensó que la lluvia parecía más fea en Castilla que en Vasconia. Aquellos días lluviosos, suaves, de los alrededores de Bayona; aquella lluvia mansa sobre los prados verdes no era la de los campos castellanos. En cambio, en Castilla encontraba el sol más dorado, más hermoso.

Al llegar a Lerma, Álvaro, a quien no le molestaba, después del ajetreo de los días anteriores, pasar unas horas quieto, se sentó en la chimenea de la cocina de la posada a oír hablar a los arrieros y tratantes, que iban y venían de pueblos lejanos.

La gente, a pesar de que debía de estar ya cansada de hablar de la guerra, seguía ocupándose de ella con apasionamiento. Se debía haber discutido mil veces las aventuras y los hechos de Merino y de Balmaseda. Era el Romancero de la época, sobre todo de los campos. En las ciudades, la literatura corriente estaba más influida por la política.

Los viejos de los pueblos, como para demostrar la superioridad de su tiempo, hablaban de la guerra de la Independencia, de la Francesada, como decían ellos; pero la guerra civil apasionaba más.

Acabada la tarea de Lerma, Alvarito y el señor Blas tomaron el camino de Aranda, camino largo, pesado, que recorrieron, en parte, a fuerza de hablar, de discutir y de contarse todas las historias que sabían. No pudieron llegar hasta Aranda porque en algunas partes el camino estaba infranqueable, por lo fangoso, y se detuvieron cerca de Gumiel de Izán en el mesón del Galgo.

Mientras esperaban la cena siguió Alvarito contando al señor Blas la vida de alguno de sus conocidos en Bayona, y entre ellos citó varias veces a don Eugenio de Aviraneta.

—¡Caramba, don Ugenio! —dijo un hombre que estaba en la cocina—. Yo le conozco mucho.

—¿Usted le conoce?

—Sí; aquí en Aranda estuvo de regidor y de jefe de la melicia nacional hace más de quince años. Yo he sido meliciano con él.